Hace ya un tiempo, yo diría que alrededor de cinco o seis años tenía yo un horario de trabajo bastante chafa... Entraba a trabajar a las 13:00 y salía diario por ahí de las 00:00 o más tarde. Honestamente apesta.
En ese momento no tenía yo muchas probabilidades de cambiarlo, ya que no contaba con apoyo de nadie en cuestión laboral. Mi jefe, el jefe de mi jefe y el director (que por cierto tiene los huevos de hule) no me echaron la mano por más que intenté.
Yo siempre he tratado de pararme del lado de la solución y no del lado del problema, siempre he hecho lo posible por ver más allá de mi situación y sacarle el mayor provecho a lo que tengo en el momento, para así tratar de hacer las cosas más llevaderas. Siempre he pensado que no tiene sentido sufrir a lo loco.
Es por eso que en ese momento en el que, para qué negarlo, me sentía bastante triste y casi casi abandonado, decidí ponerme a escribir.
Yo vivía en Coyoacán en aquella época, y con el horario ese tan pacheco que tenía, me daba tiempo de ir a desayunar todos los días al Vips que está en Miguel A. de Quevedo y Av. Pacífico. Ya tenía yo mi mesa y mi mesera que diario me llevaba mi periódico y siempre me echaba unas sonrisotas que la verdad yo disfrutaba mucho. Está padre empezar el día con una sonrisa de un extraño, eso le da cierta magia y cierta alegría al día, -Recibir una sonrisa de un extraño-.
Yo leía el periódico de forma general, veía una guerra por aquí, los resultados de los deportes por allá y un político en algún escándalo por acullá. Lo que realmente esperaba con ansia era la columna de Germán Dehesa.
Cómo lo extraño... Gran cronista de la cuidad y del país, gran cronista deportivo (siempre y cuando fuera para el fucho) y gran caricaturista de sí mismo. En muchos sentidos una gran inspiración para leer y una gran inspiración para tomar mi pluma y ponerme a escribir.Bueno, la realidad de las cosas es que no lo hacía con una pluma, tomaba mi PC o mi iPaq (era lo que había como HandHeld) y me ponía a escribir.
En mi caso lo escrito eran (y serán) vivencias e historias que me ocurrían a diario, era la crónica de haberme sentado en un parque a comerme un lonchibón con un jugo yo solito sentado en una banca, disfrutando los ruidos del viento sobre los árboles, algunas palomas rifando el clasiquísimo CU CU RRU CU CU y a los niños correr detrás de ellas, a la pareja de viejitos jugando ajedrez con algunos jóvenes espectadores que pacientes esperaban la siguiente movida del alguno de los participantes, no todos entendiendo, pero todos muy atentos cual si fuera una batalla de vida o muerte. Veía al señor de la tiendita barriendo su entrada, ya a punto de abrir su changarro para atender a la señora que ya estaba por ahí rondando con su carrito de mercado de esos que usaban las abuelitas.
Podía claramente sentir el sol sobre mi piel y al mismo tiempo la brisa refrescante de aquél momento. Era lo que siempre ha sido, un trago refrescante, un momento de paz y una oportunidad para tomar un gran respiro y llenarme de esa paz. Allí, en esa banca, en ese parque, leí el Hobbit.
Todo lo que pasó en esa etapa de mi vida fue lo que me enseño a disfrutar siempre los mejores detalles, las cosas pequeñas y breves como el canto de las palomas y los niños jugar en el parque, un buen libro y un jugo para acompañarlo.
Eso, es lo que me llenó de valentía para salir adelante, para crecer y hacer lo posible por ser una buena persona a pesar de la pésima racha que estaba viviendo. Vivir y disfrutar los pequeños detalles y momentos que estaban ahí, en ese lugar, sólo para mi.
Frente al parque había una iglesia. De vez en cuando me daba la oportunidad de entrar y hacer una pequeña oración para dar gracias. Dar gracias por todo lo malo que me estaba pasando, porque sabía que tendría un gran aprendizaje de ello. Y también para dar gracias a Dios por regalarme esos pequeños detalles, que aprendí a disfrutar desde ese momento.
Con la escuela del querido Germán es como plasmé en aquél momento lo que ahora plasmo en éste blog, esa era mi manera de comunicarle al mundo mis sentimientos, era la manera en que podría transmitir la lágrima que rodaba por mis mejillas al vivir esos momentos, al darme cuenta de que el mundo no giraba en mi contra, al darme cuenta de que estaba viviendo un momento con muchísimas tribulaciones, pero con muchísimas alegrías que estaban ahí para mi. Mi relación con la pluma empezó cuando documentamos en ese momento lo que mi mente y sentimientos vivían de manera espectacular.
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